Perra Vida

 




Perra vida, la historia de un joven que viajó y regresó de los infiernos

Por Holbein Sandino

Hay generaciones a las que les toca quedar condenadas en lapsos donde la estupidez humana crea abismos negros que desmagnetizan las brújulas que orientan el sentido natural de la vida y los asuntos civilizados. Cuando se predica que el sufrimiento redime porque para ir al cielo se debe morir pronto. Entonces si estás ahí, si es tu tiempo, si te ha tocado, debés asumir tu lugar en el absurdo con resignación, con rebeldía, con coraje, con cobardía o con lo que sea que tengás. La vida no permite transferir los papeles. Supervivencia o muerte.
A una de esas generaciones condenadas pertenece Juan Sobalvarro, un escritor que en sus memorias de recluta obligado desecha el maniqueísmo.
Perra vida (II Edición, Managua, 2015, 400 Elefantes) es un tremendo relato en donde se amalgaman el infierno y el paraíso. Es la lucha de un niño-orfeo yendo y viniendo a un inframundo atestado de cancerberos encubiertos tras militares bárbaros, lodazales milenarios y órdenes estúpidas. Es el dolor de una descendencia de chavalos consumidos por el sin sentido.
En el relato de Juan hay dos momentos en donde logra transmitir la fatalidad de ser joven en aquellos años desesperados. El primero, cuando luego de haber sido herido en la montaña y de haber regresado a una Managua sombría, triste, casi sin jóvenes, una muchacha lo llama desertor y le espeta que más adelante no va a tener cara para ver a sus hijos, “que no iba a morir con el orgullo de defender a su patria”. Entonces Juan debe abandonar la fiesta: es un proscrito, un cobarde, un paria, no tiene derecho siquiera a quedarse en la fiesta.
Y el otro momento sucede cuando sólo con la defensa del llanto confirma la certeza kafkiana de haberse convertido en un insecto: perder la propiedad de su vida, no temerle a las balas y a la sangre sino a la atrocidad de convivir con “hombres estúpidos, verticales, esquemáticos, egoístas, irracionales y cínicos”. Ante tanta insensatez, ante tanta miseria, ante lo primitivo, el autor hace implícita la duda de si el sustantivo revolución es decente, si es humano. Si vale la pena incluso pronunciarlo.
Se ha dicho que esta obra es como una especie de antítesis de La montaña es algo más que una inmensa estepa verde de Omar Cabezas, porque el libro de Cabezas es romántico, épico e inspirador, y Perra vida en cambio despoja a la guerra de quijotismos. Obviemos las tesis y las antítesis. Quizás ni lo uno ni lo otro. Para mí son dos visiones de una misma testarudez, con la salvedad que la perspectiva de Juan Sobalvarro es más aleccionadora porque él mismo va despertando a partir de que es atrapado por la guerra. Va encontrando el conocimiento. Va de la oscuridad a la claridad.
Juan es hoy un hombre normal. No ha quedado con ánimos de heroísmo ni con necedades de burócrata. Le basta con ser poeta, periodista, escritor, esposo y dueño de un perro. ¿Que el mundo tiene los mismos problemas? ¿Qué hay que resolverlos? Sí, parece decir Juan.
Juan Sobalvarro vivió para contarlo. Algunos de nuestra generación hemos vivido para contarlo. Una generación de ce-pe-efes y mutilados. De soñadores empobrecidos. De hombres adocenados. Juan es de los primeros que se atreve a contradecir que Nicaragua es un país de guerreros.
¿Seremos acaso un país de imbéciles?
Juan es un eterno objetor de conciencia: que vayan a la guerra los grandes pensadores y que primeros se mueran ellos, concluye hilarante pero a la vez con sabiduría.
Perra vida es un testimonio bien escrito. Con prosa cuidada, sincera y limpia, es un texto imprescindible para las “generaciones venideras”. Una crónica contundente sobre la reciente historia de este país. Un amigo sugiere que con un poco más de edición tiene la graduación necesaria para ser incluido en los catálogos de Alfaguara, Anagrama o Círculo de lectores. Estoy de acuerdo.





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LA GRAN VIDA

Por Javier Amor


Me leí de corrido el testimonio de Juan Sobalvarro y su “Perra Vida” como cachorro del servicio militar patriótico. La primera consideración es que hay un vacío en nuestra literatura, que estas historias reales como la vida misma deben de ir llenando. En efecto, hay muy pocos testimonios contados con ese realismo desgarrador, que contrarresten la visión edulcorada y romántica que algunos tenemos sobre el heroísmo y la entrega de la juventud en los años 80.
Inevitablemente, estas páginas nos obligan a reflexionar, a pedir perdón y a hacer una autocrítica que hasta hoy ha brillado por su ausencia. Por eso es que se necesitan más testimonios, más literatura hiperrealista, para ver si al fin se consigue agitar las amnésicas conciencias de quienes –sandinistas como el autor- vivimos aquellos horrores lejanos desde la ciega comodidad capitalina.
Dejando de lado las florituras del lenguaje culto, el libro nos asalta con el habla limitada, apresurada y muchas veces escupida, de una juventud abandonada a su suerte, donde la lucha por la supervivencia sobrepasa la motivación ideológica del que alguna vez la tuvo. Los más iban al sacrificio a penca.
Pasemos al perdón y la autocrítica. En lo personal, aunque involucrado desde mi puesto en la defensa de la revolución, pido perdón en Juan a todos los miles de combatientes, sobrevivientes con y sin secuelas, a los muchachos caídos. Pido perdón por confundir la guerra con la épica, por asistir a tanto entierro con el corazón en un puño, con el respeto que merece el héroe pero sin interiorizar plenamente que se trataba ni más ni menos que de otro ser humano segado en la flor de la vida. Les pido perdón por mi egoísmo (que otro se bata el cobre por lo que yo defiendo), por considerar aquella epopeya como justa y necesaria, sobre todo porque el tiempo ha venido a ponerlo en tela de juicio.
Para hacer una autocrítica desde abajo (la de arriba aún está en veremos) recuerdo la mala conciencia que sentía un actor que llevaba el teatro al escenario guerrero de los 80:
“Tras la incertidumbre de la función, recogíamos los cuatro trapos negros con los que aforábamos la inmensa estepa verde, bajábamos a la ciudad y a veces,  esa misma noche, nos estábamos tomando unas cervecitas bien heladas en la paz capitalina, mientras ellos se quedaban en la montaña, aguantando penurias, hambre y miedo. Nos decían y nos decíamos que era una guerra irremediable y justa. Con eso y un roncito tranquilizábamos la conciencia y obteníamos  la justificación necesaria para no desmayar.
No digo que la nuestra no fuera una labor loable, sino que comparados con los muchachos que acabábamos de dejar allá arriba en el más completo desamparo, nosotros éramos una tribu cultural privilegiada”
Si esta reflexión viene de un cómico que puntualmente arriesgaba su vida, ¿qué autocrítica deberíamos entonar los demás, los de la retaguardia, los funcionarios e internacionalistas que acudíamos al Repliegue con la panza llena y al día siguiente terminábamos en el Múnich con varias copas de más cantando “La consigna”?
Aquí habíamos muchos que nos dábamos la gran vida, viviendo de prestado una revolución que no habíamos sido capaces de materializar en nuestros países. En honor a la verdad, no sabíamos ni lo que pasaba realmente en la montaña ni lo que pasaba en las comandancias del poder y cuando nos asaltaba alguna duda, la desechábamos inmediatamente en aras de la verdad oficial. Los marxistas siempre hemos tenido, entre otras muchas, dos flaquezas: “Los trapos sucios se lavan en casa” y “Todo es permisible para salvaguardar la unidad”.
Y digo yo, si los tontos útiles, si los compañeros de viaje, si los corifeos sin sangre en las manos, tenemos la ineludible obligación de autocriticarnos, ¿qué papel le corresponde a quienes nos la ganaban en lo de darse la gran vida, a aquella Dirección a la que demandábamos: “¡Ordene!”?
La sociedad tiene el derecho de exigirles una explicación y una autocrítica.
Perdón y autocrítica a quienes, tras los errores, supieron alejarse del proyecto cuando vieron que éste se pervertía irremediablemente y perdón y autocrítica a quienes se empeñan en reincidir en los errores, con tal de perpetuarse en el poder.
Ya ha habido pasos por parte de los primeros. Mientras tanto, los segundos, continúan malversando aquella sangre joven en su provecho, reescriben la Historia y, a falta de verdadera vocación sandinista, se apropian de símbolos que a todos nos pertenecen.
Sin importar si los demás lo entonan, este mea culpa se lo debía a los que sufrieron y cayeron por una Nicaragua que no ha podido ser, y la lectura del libro de Sobalvarro, ardiente y sin concesiones, me ha empujado a escribir estas líneas.





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Perra vida ¿Por qué?

Por: Mirna Valverde

Para ser sincera, el título del libro Perra Vida, de Juan Sobalvarro no me sedujo, pero no acostumbro dejarme llevar por las apariencias e inicié su lectura con mucho interés, ya que había leído otro libro del mismo autor y me había gustado.
Desde los primeros párrafos el libro me cautivó por su lenguaje sencillo, anecdótico y biográfico. En él se narra la experiencia de un joven de escasos 18 años reclutado para cumplir con el tristemente célebre Servicio Militar Patriótico (S.M.P.), interrumpiendo sus estudios de bachillerato y arrancándolo de cuajo de su hogar, familiares y entorno que hasta ese momento había sido su mundo.
Marchó con la ilusión de cumplir con un deber patriótico, pero al chocar con la cruda realidad que lo esperaba y que lo acompañó durante dos años se desencantó totalmente, salió a luz su espíritu rebelde, se negó a ser “borrego” y sobre todo afianzó su aprendizaje de no aceptar el verticalismo sin sentido y casi siempre innecesario.
Conoció la miseria humana de los que ostentando algún grado de poder imponen a los débiles de carácter y no contribuyen a la formación de espíritus críticos, sino que fomentan el odio, la traición y anulan la solidaridad y el compañerismo que es vital en este tipo de experiencias (la guerra). Arrojado a un medio hostil, sin entrenamiento físico-militar, tuvo que vencer una enorme cantidad de obstáculos, lo que logró más por su sagacidad que por el conocimiento adquirido.
El fuerte vínculo afectivo que lo unió siempre a su madre y hermanos impidió que en dos ocasiones se convirtiera en asesino.
Es un relato crudo y real de alguien que vivió lo que narra y que convierte en emblema a cientos de miles de jóvenes que como él marcharon ilusionados y muchos, muchos de ellos no volvieron.
También refleja el inenarrable dolor de miles de madres, que aun exponiendo sus propias vidas se trasladaban a los frentes de guerra, con tal de llevarles una “comidita” a sus —para ellas— siempre pequeños hijos.
Bella la obra de Juan y muy bien puesto el nombre: Perra vida.





Publicado el 9 de marzo de 2015 en La Prensa.
http://www.laprensa.com.ni/2015/03/09/cultura/1795553-perra-vida-por-que

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Perra vida

Por: Joaquín Absalón Pastora


¿Cómo se siente Juan? Es la pregunta que sugiere al lector la suma de vivencias que relata en su libro sobre la guerra: Perra vida. La calificación promueve el interés de seguirlo desde que nace hasta concluir con el desenlace absolutamente feliz de encontrar a su madre en la pompa sencilla pero amorosa del beso que sella el final de una aventura inútil en que la “guerra no es ninguna victoria”. Juan Sobalvarro es el vocero propio de su dolor desde que ingresó al Servicio Militar en la década de los ochenta.

La descripción tiene el mérito gigantesco de la sinceridad, de exponerlo todo con el lenguaje peculiar y crudo de los chavalos, sacrificados, indignados por las ansias de poder de los comandantes (la cúpula) ilesos ante el peligro de la confrontación bélica, beneficiarios del jugoso privilegio, realidades que confirman aquella expresión sabia y popular “el vivo al bollo y el muerto al hoyo”.

Loable es la credibilidad, evidente en cada párrafo moldeado por la sangre expuesta a ser derramada en cualquier circunstancia prevista, por el hecho de comparecer en la sucesión irrefrenable del fragor donde fácilmente estalla la pólvora, donde vuelan los tiros en picada desde las montañas, donde sirven de guardianas de la noche las alas intrusas de los aviones, las incursiones rutinarias de los helicópteros, en fin… Digna de ser reconocida la valentía de contarlo sin dejar en el vacío ninguna posibilidad de conveniente ocultamiento de los hechos, todo expuesto para que las generaciones entiendan —comprendan— cómo fue cargada de terribilidad la época y todo lo que transcurrió en el trayecto de un criminal quebranto de tiempo. Nombres y apellidos propios circulan en las páginas del libro. No existe ningún apelativo fantaseado, lo cual fortalece a un testimonio que no solo es individual del autor, sino del resto de adoloridos que pasaron por donde la desesperación puede concluir con el suicidio. El manifestante sufrió la reducción radical de la impotencia con deseos vehementes de llorar. Perra vida se caracteriza por ser leal en su contenido, algo que en literatura se conoce como “naturalismo”. La forma natural de expresarlo y de dejar las huellas de la angustia propia no valorada por los atavismos de la retórica, rebasando los límites de la ira, evadiendo la hipocresía cuando se sacrifica a la veracidad en nombre del puritanismo que tanto daño ha causado a la literatura, incluso opuesto al idealismo que a veces esconde a la oscuridad, a las referencias repugnantes. Esta tendencia la encuentro al abordar el positivismo de Comte al analizar la experimentación de los fenómenos patológicos espulgados con la intención de no dejar pendiente ninguno de los hilos comunicantes de la desgracia. Cela pinta el drama de una forma más escalofriante en el modelo que hace del naturalismo. Mario su personaje, no pasó de arrastrarse por el suelo como si fuera una culebra, tirado por el suelo. En algunos pasajes comparativos la adversidad de Mario se parece a la de Juan.

El mundo no ha tenido un minuto de paz ni cuando el silencio suspira en las cerros. La guerra desaparece en un escenario y vuelve de terca a instalarse en otro sin que tanta irracional obstinación haya tenido el efecto de ninguna solución… De ahí que sea de indudable utilidad leer el testimonio de Juan Sobalvarro, escrito por una pluma en llagas.


 
Publicado el 13 de abril de 2015

http://www.laprensa.com.ni/2015/04/13/opinion/1814020-perra-vida






Perra Vida: con los pies sobre la tierra

Por Ana Gabriela Padilla

Para la mayoría de la gente de mi generación –la nacida en la década de los ochenta del siglo pasado, los hijos de la guerra- el conflicto social tiene una mínima o nula importancia, me atrevería a decir que muchos ignoran, casi por completo, el contexto histórico, social y político en el que les tocó nacer. Sin embargo, no podemos generalizar, existen jóvenes que se sienten plenamente atraídos por esa época, sus cambios y el ambiente constantemente agitado de la misma. También se debe admitir que, entre los jóvenes ciudadanos que le prestan cierta atención a este período de revoluciones en América Latina, hay una, aunque no totalizante, división: los que le achacan a esa época toda la culpa de la situación actual en nuestros países; y los que, aunque tengan una visión crítica del asunto y sepan que hubo muchos errores durante esos años, tienen una idea romántica de la revolución, es decir, a parte de identificarse con la causa, aseguran que también ellos hubieran peleado, matado o hasta habrían muerto por la revolución, justificando guerras y tanta sangre derramada que hubo.
    Perra Vida. Memorias de un recluta del Servicio Militar (Lea Grupo Editorial, 2006), el testimonio de Juan Sobalvarro, les pone los pies sobre la tierra a todos aquellos que aún guardaban cierta idea ingenua sobre revoluciones, guerras y demás, sobretodo porque el autor no era alguien que estaba en contra de la revolución, sino un joven que “vivía plenamente sumergido y fascinado por la atmósfera de cambio que el nuevo gobierno había generado,” cosa que le costó ilógicos roces con sus compañeros, antes y durante el servicio militar obligatorio: “Desde el principio quedó claro una actitud de reproche de ellos hacia mí, por el hecho de haberme declarado desde el inicio como un sandinista.” Como consecuencia, hay un deje de soledad y de frustración para el autor, que lo ubica con un nivel de rabia, impotencia y desesperación, que no compartía con nadie: “…aunque yo era uno de los que gritaba no dejaba de preguntarme si lo que hacía era correcto, si no estaba traicionando mi compromiso con la revolución, que aunque siempre lo manejé de manera muy privada y sin retórica, era muy sincero”. Hay, con este elemento, un conflicto interno que se va resolviendo durante la obra, conflicto que se va resolviendo también en nuestras cabezas, pues vamos separando idealizaciones de realidades.
Sin embargo, se comprueba que no hay una idiotización, una ceguera absolutista, cosa que le pasó a muchos “pensadores” dentro de la revolución, de no ver las cosas injustas que están pasando a su alrededor ni a los “protagonistas” de las mismas: “-¿Te gustaría que irrespetáramos a uno de tus comandantes?- preguntó uno lleno de ingenuidad. Yo solté una carcajada. –A ver ¿de cuál comandante querés que nos burlemos? ¿del sapo chingo? ¿del trompudo? ¿del mancucho?…”
Con el estilo fluido y marcado del habla nicaragüense, Juan Sobalvarro nos embarca dentro de un vaivén de emociones, un estira y encoge que, desde el inicio, nos hace flaquear, “encachimbarnos”, llorar e indignarnos una y otra vez, por un período que pocos se atreven a contar con tanta lucidez, valentía y objetividad. Nos sumergimos en un ambiente desmoralizador para cualquiera, donde la incertidumbre, la atrocidad de cualquier guerra, el cansancio, la lucha permanente con la paradoja de pensar que de eso se trata “la mística revolucionaria de la que tanto hablaban los comandantes… desde sus monumentales tarimas…”; la pinche soledad que va carcomiendo por dentro; el miedo, la burla, las humillaciones, etc.,  van sacando a flote “las peores canalladas de los seres humanos”.
Perra Vida se convierte en una denuncia, una constante queja muy bien argumentada, de la falaz actitud de los comandantes, de los poderosos, de los que tenían influencias y de la propia Juventud Sandinista, por demagogos, por crear un juego donde todos salían perdiendo, excepto ellos… los que nunca estuvieron en la montaña volando balas, los que no arriesgaron su pellejo por la revolución de la que tanto hablaban, los que decidían y aplastaban la voluntad de cada individuo, el derecho de libertad. El testimonio también se vuelve denuncia a la burocracia: “Las Oficinas de apoyo al combatiente eran meros cubículos burocráticos…” ; a la estupidez y mal intención de los oficiales, de los jefes militares: “lo que había sucedido era que Murillo (el jefe) nos había abandonado…” “De todas maneras ante Murillo nadie podía ser más presumido. –Es prohibido que un soldadito como vos ande un uniforme enemigo, en todo caso el honor es para el oficial de mayor rango y aquí el único oficial soy yo, punto…y si seguís protestando te vas a ganar un premio-…” acción que muestra que el verdadero revolucionario es el que se levanta contra estas injusticias, contra las esquematizaciones, irracionalidades y cinismos que cometen los que mandan: 
“ -¿Vos estás hablando mierdas?- me preguntó Murillo…- Si querés también te doy tu pijiadita- agregó. Me puse a reír. –Olvidate que a mí me vas a verguear hijueputa, si nos vamos a turquear nos vamos a turquear de verdad –le dije.”
Pese a que a la obra, por estar narrada en lenguaje oral y ser un testimonio, no pretenda ser una creación estéticamente rigurosa dentro de lo literario, el lenguaje poético aflora muchas veces dentro de sus páginas que, intencionalmente o no, nos hace disfrutar del texto no sólo por el contenido, sino por el tratamiento del tema, las insinuaciones que hace, la ironía que transmite, etc.: “por las noches el viento ululaba al pasar por entre los árboles como un sonámbulo órgano nocturno…”  “El fango absorbía nuestros pasos, nos arqueábamos torpemente de un lado a otro como ebrios temerosos de ser aplastados o perseguidos por una monumental cegua”… Otra de las características del lenguaje empleado es el fuerte sentido del humor, cosa que se explica culturalmente en Nicaragua y otros países de Latinoamérica, donde no importan las circunstancias que uno esté viviendo, para hacer bromas y hasta reírse del dolor propio y ajeno: “- En esa sala te miden la verga, está una enfermera con los brazos peludos y con la enorme regla te mide, a este maje sólo le halló cinco centímetros -. –No jodás hijueputa y a vos dicen que la enferma te midió el aceite -…”
Perra Vida, no sólo es una catarsis que el autor debía realizar para liberarse de una faceta de su vida que, indudablemente, lo marcó y lo hizo cambiar muchos aspectos de su visión del mundo; sino que tendrá que convertirse en un referente para todos aquellos que aún tienen una venda sobre los ojos y para que las nuevas generaciones tengan un espectro más amplio acerca de los años ochenta en Nicaragua, tiempo de grandes ideales y esperanzas para muchos, que en poco tiempo se fue desvaneciendo, en especial por aspectos como el Servicio Militar Patriótico que se debía cumplir y todas sus consecuencias.

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Perra vida, o no dejarse vencer por la mugre ni la miseria humanas

Por Manuel Martínez

“Perra vida” atrapa, imanta. Tiene pasajes hermosos, como la relación del recluta Sobalvarro con la enfermera Débora, aunque también presenta las vicisitudes de desertor, la cárcel y el regreso a la montaña.
“Perra vida”, según el autor, trata de sus memorias: una visión subjetiva de un hecho histórico: trágico y trascendente en la vida nacional. Pero a su vez, Perra vida es crónica, testimonio, novela biográfica o biografía novelada, reportaje de las vicisitudes de un joven estudiante de secundaria convocado a filas para marchar a la guerra y que se hace soldado a la fuerza.
Es curioso el abordaje de lo humano en esta guerra narrada por Sobalvarro. Los Pelones: escuadra, pelotón, grupo, al que él pertenece por desgracias de la vida, todos son, de una u otra manera, antihéroes: no quieren ni desean morir jóvenes sin haber vivido. Para otra cosa tendría que servir la vida, y no sólo para bolar tiros, ése es un tema que subyace en este testimonio.
“Perra vida” cuenta la historia de un grupo de jóvenes que corren el riesgo de ver truncada sus vidas, sus sueños, de morir acribillados en una emboscada. “Todos nos sabíamos condenados, aquel era el lugar de la muerte”, dice el autor.
Los sucesos narrados, por lo absurdo y cruel, resultan trágicos y jocosos, pero la ironía, el sarcasmo y la jocosidad del autor adquieren mejores logros cuando son espontáneos y el autor no trata de forzarla.
Donde otros escriben abstracciones y destacan sus dotes de héroes, visionarios y líderes, solazándose desde sus despachos caudillescos o de nuevos ricos, Sobalvarro describe, narra, reflexiona sobre ese lado oscuro de la guerra, todavía virgen e inexplorado. Ciertas páginas narran el trato cruel y desgarrador, el trato inhumano dado a los jóvenes desertores, a los combatientes y a los enemigos capturados.
“Perra vida” es un libro también de protesta, de denuncia tardía, pero útil. “Entré en la convicción de que ya nada podía humillarme”, escribe. “Cuando una bala le destapa el cráneo a un soldado está solo, y uno muere solo, con su única muerte”.
El famoso “horror de la guerra” es real, y lo vivimos miles, de un bando o de otro: permanentes del Ejército, reservistas, reclutas del SMP, “contras” y familiares. Todo el país.
La década de los setenta representó un drama para los jóvenes: era un delito ser joven, y se pagaba con la muerte. Y en la década de los ochenta, la guerra atrapó a los jóvenes en un callejón sin salida: la muerte o la muerte.
“Mi vida --dice el autor-- en un suspiro había pasado a la degradación militar, es decir, en segundos había perdido la propiedad de mi propia vida”. Ahora quizás el drama es otro, hay pueblos enteros donde casi no hay jóvenes, sólo viejos. Los jóvenes emigran de la Patria en busca de un lugar promisorio, de una esperanza.
Al valor literario de la obra “Perra vida: memorias de un recluta del Servicio Militar”, hay que agregarle el valor histórico del documento, que explora y explota esa cantera inacabada de heroísmo, de pesadilla y horror que fue la guerra de los ochenta. Y viene a enriquecer un conjunto de textos que tratan de indagar, no los sucesos de las batallas ni de la cronología, sino el aprendizaje humano.
Juan Sobalvarro, en su testimonio, se revela como un joven que vio, conoció y aprendió, sin vencer, y creo, honestamente, sin ser vencido por la mugre ni la miseria humanas.

Publicado el 24 de abril de 2006 en El Nuevo Diario

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Memorias de Perra vida
En el retrovisor de las guerras


Trozó mi sangre
Y no le supe alma a esta bala.

(La otra bala, Unánime, Juan Sobalvarro)



Por Arnulfo Agüero

“Pero antes Darwin y Spencer no voy a poner la cabeza sobre la piedra para que me aplaste el cráneo la gran bestia. Behmot es gigantesco;  pero no he de sacrificarme por mi propia voluntad sobre sus patas, y si me logra atrapar, al menos mi lengua ha de concluir de dar su maldición última, con el último aliento de mi vida”. Citaba el novelista Sergio Ramírez, la estoica frase de Darío (contra la doctrina expansionista Monroe), para concluir con la tristemente célebre consiga sandinista de: ¡No pasarán!”.

Este slogan partidario de ¡No pasarán!”, que por igual usaron los políticos mexicanos en sus revueltas nacionalistas, fue utilizado por Ramírez en su discurso “cultural” publicado un 6 de febrero de 1983 con el titulo gringo de The present age is one of struggle (La edad presente es de lucha),  el cual fue leído en acto de la condecoración de Julio Cortázar, con la Orden de la Independencia Cultural “Rubén Darío”, LXVII aniversario.
Ramírez autor de Tiempo de fulgor (1970), Tropeles y tropelías (1971), El Pensamiento vivo de Sandino y la novela de corte antisomocista de ¿te dio miedo la sangre?, ahora era miembro de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, lo cual le permitía encarnar su propio personaje político, antiimperialista, y desde su tarima “cultural” avalar en cierta forma la Ley del servicio militar, como bastión de defensa de la Revolución.
En tanto desde las escuelas, calles y barrios miles de jóvenes eran reclutados por el Ejército Popular Sandinista, EPS, rápidamente entrenados y  mandados como carne fresca de cañón a los sangrientos operativos militares como el “Interarmas”, “Repunte-85”, “Danto-88”, “Soberanía”… que estremecieron la conciencia de la comunidad internacional.

Siete años después, 1990, esta doctrina de guerra revolucionaria caía estrepitosamente en las urnas electorales, y una de sus principales causas fue el no haber eliminado la Ley del Servicio Militar. Seis años después el novelista metido a político se despide del FSLN y escribe su libro testimonial del desencanto sandinista Adiós muchachos, volviendo así a su cauce original: el de ser Escritor a tiempo completo. En esta trinchera, por azares e ironías del destino le toca al final de siglo, 2000 presentar en galería Añil el libro de cuentos de guerra ¿Para que tantos cuentos?, de Juan Sobalvarro uno de estos “cachorros” que sobrevivió a las miles de muertes que se tragó el  nefasto servicio militar, SMP, al que Ramírez respaldó “culturalmente”.

La otra bala  nacida fuera de los talleres de poesía

¿Para que tantos cuentos?, es una breve narrativa de denuncia de posguerra, en pasta rojinegra, que entresaca de la realidad vivida a marcha forzada en los campos de batalla donde la muertes de mil puntas cruentas devoró en la primer línea de fuego la juventud y vida de miles de muchachos reclutados por el SMP. Un año antes, este escritor que cuidó su vida como su divino tesoro, ya había escrito su libro en prosa y verso Unánime. Material que por igual, lleva su camufle de metáforas bélicas en ritos de catarsis como La otra bala: sección verde olivo del poemario que bien puede sobrevivir sola como un libro más por sus 22 poemas épicos, paradójicamente antibélicos. Poemas valga aclarar, que nada tienen con los fabricados en los talleres populares de poesía que propagandizaron como si fuesen los “fusiles artísticos de la revolución”, el Ministerio de Cultura, Educación, Interior y Defensa.

Siguiendo con la saga de los temas bélicos, su nuevo libro Perra vida es un canto a “struggle for life”: o bien un testimonio real, dramático, confesional del servicio, que recoge las memorias de un soldado que lucha por la vida, que apela a la razón mas que al ideario político, al sentir humano del miedo como defensa natural, que desprecia el fanatismo heroico y servil, y que pone al desnudo la barbarie reciente de la guerra sandinistas-contras, en forma de un guión dramático, intenso, trágico y desvastador.


Una mirada a nuestra literatura bélica

Por eso es que Perra vida desde su mira telescópica en reversa nos hace reflexionar desde su tiempo hacia otros tiempos, para que valoremos nuestra historia política y literaria, perversa, de invención relativa, real, o ambas. En este retrovisor de contexto histórico y de ficción literaria, Perra vida se inscribe como parte del polvorín bélico de la narrativa nicaragüense.

En este sentido histórico retomo parte del análisis del politólogo conservador Emilio Álvarez Montalván, que en su libro Cultura Política Nicaragüense valora las “guerras nacionales”, “guerras civiles”, o “revoluciones”, como periodos que revelan un circulo vicioso del guerrerismo constante de los caudillos o políticos de turno. Vemos que 17 años gobernó militarmente Zelaya, 43 años la dinastía de los Somoza que dejó más de 40 mil muertos, 10 años la dictadura de los sandinistas que dejó más de 50 mil muertos, y que aún siguen en el poder “desde abajo”. A estos se suman 35 años de anarquía desde la tal Independencia de los pudientes y próceres (1821-1856), y los 20 años de la ocupación norteamericana (1912-1933).
Es decir desde que “fuimos libres”, de la Corona Española, (que por igual dejó una estela sangrienta), suman 125 años de sangrienta vida republicana, independiente. En este contexto de declaraciones de guerras y muertes inútiles es que se puede entender parte de nuestra historia, y obra literaria: narrativa, poética, teatral y hasta pictórica.
Por ejemplo la obra La batalla de San Jacinto, pintada por el chileno Vergara Ahumada, ilustra el heroísmo campesino de Andrés Castro repeliendo al invasor yanqui, con solo piedras, en la mal llamada “Guerra nacional”. Pero no pone en el estrado a los generales y políticos que la ocasionaron. Estos son “próceres”, claro.

Así vemos décadas después el nacimiento de títulos como El soldado desconocido, (1922) de Salomón de la Selva, autor también del poema lírico y muy espiritualista de La bala; y del poema Dos soldados, que trata el tema de la Segunda Guerra Mundial. Por su lado el poeta Pablo Antonio Cuadra, escribe su obra teatral Por los caminos van los campesinos, que resume la tragedia del campesinado marchando a la guerra civil. Otros textos como Maldito país, de Agustín Román, El Pequeño Ejército Loco, de Gregorio Selser, o el de Manolo Cuadra, Contra Sandino en la montaña (1942), relatan experiencias de las guerras intestinas y de la intervención extranjera de los años treinta, del pasado siglo.

Sin pretender hacer una secuencia antológica o testimonial, cabe citar otros títulos testimoniales y novelados como los escritos por el viejo conservador Clemente Guido. Noches de tortura (1963) es la denuncia testimonial contra el régimen somocista. El chipote (1979), es otro recuerdo de la noche negra. Sus novelas históricas Sangre y fuego (1950), y Lodo sangriento tocan el tema de la guerra civil en 1854, entre las bandas de los timbucos y calandracas, (legitimistas y democráticos: liberales y conservadores).
En igual contexto histórico de guerra civil, el escritor Jorge Eduardo Arellano escribe su noveleta Timbucos y calandracas, en edición Primavera Popular en 1982: Año de unidad frente a la agresión. Esta “narravela”, a como le llama, narra episodios de guerra en un entorno granadino. Por ejemplo la brutalidad y venganza se pone en relieve cuando ahorcan en un palo de  mamón a Gallardo, un rebelde que mató a cincuentas enemigos con su mano. Por igual hay otros textos como “Estirpe Sangrienta” del Dr. Pedro Joaquín Chamorro, y “El gorrión y la zarza” de Róger Mendieta Alfaro. El primero trata históricamente el tema oprobioso de la dinastía, las persecuciones y la muertes, en los años del somocismo, el segundo, relata la persecución y muerte de jóvenes por el aparato militar de los ochenta.


La sonrisa del jaguar… y su cuota de sangre

El libro de Perra vida, nos hace reflexionar en el eje central de su ley motivo: la defensa de la vida a costa de ser llamado antipatriótico, traidor o cobarde. Cuando se entrenan a los militares, se les inculca la escalofriante frase de “aniquilar o matar” al enemigo a sangre fría. Una vida equivale al término “una baja”. En este sentido un titulo interesante que vale recordar del boom latinoamericano, que habla de la vida militar, es la novela del peruano Mario Vargas Llosa La ciudad y los perros; esta reelabora sus experiencias en el colegio militar “Leoncio Prado”, con imágenes de gran violencia, tensión dramática y cuestionamiento moral sobre autenticidad, responsabilidad y heroísmo.

Por su parte el novelista judío Salman Rushdie, autor de los famosos Versos satánicos, después de visitar a nuestro país en los ochenta escribió su libro La sonrisa del jaguar (1987), denunciando la realidad de la formación sangrienta que recibían los reclutas de la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería, EEBI. Dicho soldados eran entrenados por oficiales, norteamericanos e israelíes con la idea feroz de “aniquilar al enemigo comunista al que tenían que beberle la sangre como tigres sedientos”. ¿Dónde alcanza aquí el derecho a la vida?, me pregunto, para solo obtener rafagazos de respuestas en Perra vida.
Es duro ver a un joven (a Sobalvarro) atrapado en el servicio militar, conspirando constantemente por escapar del batallón “Rufo Marín”, desertando, sufriendo cárcel, intentos de ser fusilado por “cobarde o traidor” — según el mando  militar—, volviendo a integrarse, quedándose en la retaguardia con la sola idea de sobrevivir y no matar a sus jefes, los que algunos murieron en la línea de combate desangrados, aterrados ante la muerte, sin penas, ni glorias. Hoy sus memorias yacen en el más vil olvido del partido que los mandó a morir, en tanto Juan sobrevivió para contar su Perra vida. 

Estas violentas actitudes humanas han sido parte del violento menú, cíclico de nuestra virulenta historia patria que cada septiembre o 19 de julio es celebrada oficialmente — sin asco, sin mea culpa —“educativamente”. La farsa del verde olivo de la paz, democracia, libertad, es pregonada en los fetiches de los próceres ensalzados o caudillos. La verdad sin vendajes es una: Sandino fue fusilado, junto a sus compañeros por un Somoza García, entrenado por los gringos. El “Coyoles” Somoza García, fue “ajusticiado” por el “héroe” Rigoberto López Pérez. Los somocistas militares por igual practicaron otros fusilamientos masivos en los años 60. La fantasmal cuesta del Coyol es testigo mudo de uno de esos. Los sandinistas en la guerra de guerrillas, en su etapa insurreccional, fueron protagonistas de fusilamientos múltiples y muertes innecesarias. El país no necesita mártires, ni héroes. Lo que se necesitan son patriotas defensores de la vida, el trabajo, la educación, la salud y la prosperidad social.

En la novela Sombra nada más, de Sergio Ramírez, se ilustra la brutalidad de la guerrilla sandinista, al fusilar al liberal mayasés Cornelio Hüeck. Otro que fue fusilado, en una de las paredes de una casa de Monimbó, sin otorgársele el perdón de guerra, a pesar de que lo pidió a gritos aterrado ante la muerte fue el sargento Gutiérrez, un Guardia Nacional que le tildaban El Macho negro, y que trabajó el la Treceava sección de policía de Managua. Su ideario de luchar y reprimir a punta de balas de garand el “comunismo tira bombas”, no le fue perdonado en el tribunal provisional de guerra sandinista.
Para finales de junio de 1979, fui testigo de un ajusticiamiento en la Managua tomada por escuadras sandinistas del Frente Interno. El guerrillero “Juan pequeño”, después de hacer un juicio relámpago de minutos le quitaba la vida a un supuesto guardia nacional, ante los estupefactos pobladores de la entrada principal de las Américas tres. Sin duda estos actos de lesa humanidad son solo producto de los hijos del odio y la violencia nacidos solo en las guerras y dictaduras férreas.


Entre las épicas sandinistas

Para el novelista sandinista Henry Petrie, la guerra es la peor de las canalladas humanas, y en el caso específico del libro Perra vida, el escritor plantea con honestidad extrema las contradicciones épicas de la guerra de los años ochenta entre los sandinistas y contras, entre los reclutas y los mandos, entre el matar y morir. Asimismo tiene el coraje de reconocer su responsabilidad, al hacer ver sus errores personales, su egoísmo y abusos contra la población campesina a la que invadieron.

Para entonces la Doctrina Militar de la Dirección Nacional era dirigida por nueve comandantes, y más de 12 mil asesores cubanos, búlgaros, y soviéticos, enclavando a Nicaragua en el mapa del conflicto Este-Oeste, de la URSS contra Estados Unidos. Esto significó para el final de la guerra, una deuda externa de más de 12 mil millones de dólares, de las cuales todavía seguimos pagando.

Uno de estos comandantes, el general en retiro Humberto Ortega fue protagonista directo de esta guerra. El año pasado publicó el memorial La epopeya sandinista. Esta recoge el proceso de la épica histórica sandinista; donde la mística y heroísmo de guerra es maximizado políticamente sobre los errores históricos.

También existen otros textos como el de La montaña es más que una inmensa estepa verde, del guerrillero y ahora procurador de los derechos humanos, Omar Cabezas, que relata las experiencias guerrilleras, desde una visión dramática y románticona sobre la mística y el ideal. Otra facción sesgada al testimonio epopéyico, editado por editorial Vanguardia, en 1989, es la Paciente impaciencia, del ex ministro del Interior y hoy diputado Tomás Borge. La poetisa Gioconda Belli, en su libro de Waslala, reflexiona sobre algunos errores agrarios-militares de los sandinistas en la revolución librada en las montañas del norte de Nicaragua.

El Zorro, es un testimonio que escribió el guerrillero Francisco “El zorro” Rivera, libro que relata las batallas de la guerrilla contra la guardia en Estelí. Y no dejó de luchar, es otro testimonio sobre las vivencias de la guerrilla del Frente Norte, de Aldo Briones, publicada por la Asociación para el Desarrollo Cultural, CAMINOS. Otro libro testimonial, sobre una hazaña militar histórica El asalto a la casa de Chema Castillo, el 1974, donde murieron soldados de la GN y el propio Castillo, este lo escribió el general en retiro Hugo Torres.

En tanto los escritores franceses Geneviéve Berreby y el actor dramático Élie Goerges Berreby, escribieron Edén Pastora Comandante cero, un texto testimonial poco conocido en nuestro país, que narra dramáticamente y en formato de guión de cine, hechos sobresalientes de la vida y experiencias de guerra de Pastora, entre ellas el asesinato de su padre, el pacto Kupia-kumi de Luís Fernando Agüero con Somoza Debayle después de la masacre de la GN en la avenida Roosevelt, el asalto al Palacio Nacional en agosto de 1978, la formación de Alianza Revolucionaria Democrática, ARDE, el atentando de la Penca. En todo este historial de muertes desfilan los espectros de las pugnas políticas. Hoy Pastora es  un pacífico empresario naviero, turístico, en la ruta del Río San Juan. 

Hay otros textos a mencionar como: Con sangre de hermanos, (ANAMA, 2002), del periodista y escritor de la narrativa del desencanto sandinista, Erick Aguirre. “Ahora ya nada puede remediar la vergüenza de todo lo sucedido y no queda contar las cosas como cada uno las piensa que sucedieron”. Dice el autor en la contraportada, aludiendo a las miles de muertes innecesarias, como la muerte de su hermano Danilo, un 8 julio de 1979.
Creo también, que separando las nacionalidades y lenguas, valga citar el libro de crónicas de guerra “Blood of brothers” (en español “Sangre de hermanos”), escrito en ingles en los años ochenta por el corresponsal de The New York Times en Nicaragua, Sthepen Kinzer.

Este recorrido por el visor de nuestra historia, de nuestra literatura bélica, viene a ilustrar la primera plana del “belicismo histórico nacional”, asolador por siglos de los campos y ciudades nicaragüenses. Estas sañas fraticidas cíclicas, han sido recogidas como materia prima por los novelistas viejos y jóvenes del siglo XX y presente, que han testimoniado o novelado el tema de la guerra. En ella se viene a inscribir este último libro: Perra vida, memorias de un recluta del servicio militar, prestado en los años 1984-1986, por el entonces estudiante y ahora narrador y poeta épico Juan Sobalvarro, autor también del poema En esta guerra,  (del libro Unámine, sección La otra bala) que dice:

EN ESTA guerra no maté a nadie
Y si lo hice, soy inocente e ignorante.

A nadie le escuché corazón para dispararle.
Al ruido miedoso del monte umbrío le disparábamos,
a la humedad continua que baña estos cerros.

Yo digo que no matamos a nadie.
Todos estamos inocentes.

Voy a correr desnudo para que se vea.

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