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| Julio Ramón Ribeyro |
Ribeyro me tiene desconcertado, cada cuento suyo que leo me
crea la duda de cuál es el mejor. Acabo de leer por ejemplo La insignia, el
relato de un hombre que se hace militante de una organización por puro azar: un
día se encontró una medallita en la calle, se la clavó en el traje e
inesperadamente alguien con quien se tropieza lo convoca a la próxima reunión
de la organización a la que se empieza a integrar de manera muy despreocupada y
para la cual realiza una serie de tareas entre banales y descabelladas. Al
final llega a ser presidente de la organización sin saber de qué va el asunto.
No importa saber con anticipación el final del cuento porque el meollo del
asunto está en lo que remueve en el intermedio, las expectativas que despierta,
los prejuicios que activa. Sin recurrir a la insolencia, Ribeyro se burla de la
manera más arrasadora de la militancia. De la sustancia esa en la que muchos se
sumergen para sentirse parte de un caldo, de una cosa que les dé sentido. Ribeyro
no decora con pronunciado retoque sus textos, pero hay puntadas de sentido y de
ritmo en sus cuentos, una traviesa perspicacia, una sonrisa ligeramente cínica,
un sentido de la atrocidad sin aspavientos, que anulan cualquier demanda que
podamos hacerle a su estilo.




