jueves, 17 de mayo de 2018

Fábrica de caudillos




Juan Sobalvarro

Cuando iniciaron las protestas de abril, uno de mis primeros pensamientos fue, que en Nicaragua hemos tenido dos dictaduras con menos de 50 años entre una y otra. Digo lo de los 50 años por aquello de “No hay mal que dure cien años…”. Además, que el tema de la dictadura de Daniel Ortega –por ejemplo, fijar su fecha de nacimiento– se presta para largas discusiones y no es el asunto de este texto.
Con el estallido de las protestas pensé que ya era hora. Que vivir en sumisión bajo una dictadura es inmoral. De golpe se me vino lo de las dictaduras continuas, que dos dictaduras en menos de un siglo son señales evidente de una sociedad enferma.

Una enfermedad con signos claros, caudillismo, fanatismo y baja autoestima de toda una sociedad. Baja autoestima que se alimenta del terror o pudor por la pobreza.
Viví los años iniciales de la revolución que triunfó en 1979 y me tragué –como muchos– el jarabe adictivo del culto a la personalidad y la adoración a los caudillos, que inicialmente eran nueve, pero poco a poco ese culto se enfocó exclusivamente en la figura de Daniel Ortega. Hasta ahí ya no pude, nunca me nació la simpatía por Ortega –tengo que decirlo– porque siempre me pareció de un intelecto pobre. Además, que yo en lo que creía era en el idílico proyecto revolucionario, no tanto en las personalidades que lo dirigían. Básicamente, en la idea de crear una sociedad más justa ¿cómo? El cómo, suponía yo, lo sabían esos líderes brillantes, esos héroes que habían derrotado a la dictadura.
Pasados los años y desarrollada toda mi apatía y aborrecimiento por la política y cualquier forma de vida partidaria, fue hasta este abril de 2018 que veo con mayor atención, con ojos más viejos, cómo se origina y se desarrolla ese culto a la personalidad. Y cómo contribuye a la formación del caudillo.
El pasado 16 de mayo, día en que la revuelta masiva de los nicaragüenses obligó a Daniel Ortega a sentarse frente a la mesa del diálogo, los nicaragüenses fuimos impactados por la personalidad del joven Lesther Alemán. Ese día se inició un proceso enfermizo de adoración hacia el joven que había hablado en representación de sus compañeros. Las redes sociales registraron lo que bien podría ser calificado como una erupción hormonal, la que tuvo por fetiche predilecto los huevos (testículos) del estudiante. Ese día las redes registraron declaraciones de amor, admiración, ofrendas desde ropas íntimas hasta el país entero, y no se omita insinuaciones con fines reproductores como para perpetuar la herencia de aquel macho alfa. Lo maravilloso de las redes es que permitieron notar que entre los que manifestaron su euforia ese día había, en igual número, hombres y mujeres. La euforia fue tanta que en algún momento empezó a ser obscena, hay que decirlo de manera vulgar, prácticamente le jugaron los huevos al chavalo. Así que, sí, se trata de una sociedad enferma que fácilmente pasa de la admiración al culto enfermizo.
Y en ese acto, mamífero por cierto, de selección de la especie, en el que es fundamental el tamaño de los huevos, se cometen dos terribles errores. Primero, se le termina atribuyendo al héroe los méritos de una colectividad. Y segundo, se coloca a esa colectividad en un segundo plano, si no es que se le nulifica totalmente. Y al compactar los méritos de una gesta heroica en uno o en pocos sujetos –como aquello de: “la vanguardia indiscutible de nuestro pueblo”–, se cierra la puerta al pensamiento democrático, ese que los nicaragüenses no nos hemos dado el lujo de desarrollar.
El mismo día que arrancó el diálogo, se pudieron ver dos facetas del joven Lesther Alemán. Una donde le hablaba a Daniel Ortega con todo el talante de quien sabe que tiene la razón, y otra, cuando llora junto a sus compañeros en cerrado abrazo. Y al contraponer esos dos momentos: el de la virilidad y el de la vulnerabilidad, la sociedad mamífera y machista, escoge el de la virilidad.
De manera consciente para unos –e inconsciente para otros– se le impone al héroe la tarea de llevar una carga que el resto no quiere llevar por comodidad –o incapacidad–. Se le impone una tarea que ningún joven debería verse obligado a asumir. Ningún joven –aunque la escena nos parezca sublime– debería verse obligado a pararse frente a un dictador y a poner su vida en riesgo. No es la primera vez en Nicaragua, recordemos a Rigoberto López Pérez. Porque lo que se le impone a ese joven es enmendar lo que otros permitieron que se dañara, lo que otros no repararon cuando tuvieron el poder para hacerlo.
A los nicaragüenses nos gusta victimizarnos ¿Por qué pasa esto? ¿Por qué la historia se repite? Simplemente, porque no rompemos con los vicios del culto excesivo y la comodidad.

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