jueves, 15 de septiembre de 2016

Otra, y sin mejoras, sobre EMS (tal vez primera parte)




Juan Sobalvarro


Siempre que regreso a la literatura de Ernesto Mejía Sánchez y el temperamento me permite apreciarlo de la mejor manera que yo podría hacerlo, me acuerdo de la discusión que tuve con un poeta de la autollamada Generación Traicionada (un trío o cuarteto de personas que se creía una generación), respecto a los poemas en prosa de —prosigamos el estilo corporativo— EMS*.

Me decía mi interlocutor —o más bien, interpeleador porque más que conversación aquello fue una pelea en la que los insultos iban dirigidos a terceros—  que los poemas en prosa de EMS eran un mal invento, que los escribía así cuando no le salían en versos y porque en el fondo era un mal escritor de versos. La versolería láctea, me cité desvergonzadamente en ese instante y para desconcierto del poeta traicionado. Le dije que era evidente que a los textos en prosas de EMS les era indiferente una idea pacata del verso o esa tonta equivalencia que algunas mentes domesticadas creen saber: verso=poesía.

 La anécdota y cualquier fisgonería que pudiera suscitar son irrelevantes, excepto en el momento que sirve para reseñar cómo fue recepcionada la poesía de EMS y los prejuicios a los que ha tenido que enfrentarse. La reflexión de ahora la hago al calor de la lectura de la revista El hilo azul dedicada al poeta de Masaya. Y más acá de lo que ya he dicho —con mucho de aprendiz— respecto a su poesía, hoy se me renueva la sorpresa o el asombro —que no quiero saber si son materias distintas— por el cúmulo de cosas y direcciones a que puede apuntar un solo texto del poeta y todas armadas en exceso de inteligencia —que no es una mala hipérbole para el caso— y en un estado tal de compresión que habría que recurrir a un descompresor descomunal para recibirlas.
Es necesario subrayar que la prosa de EMS se sabe ella misma, prosa. No es una prosa acomplejada, apocada. Todo lo contrario —para decirlo con savia o saliva coronelurtechana— se contonea, se zangolotea y podría llegar a sospecharse que a veces abusa de ello porque conoce su autoridad. Y eso señores, es lo que irrita a la “versolería lactea” —incluso a la capilla carlosmartiniana porque eso atenta con el ensueño o la exclusiva necesidad del poeta perfecto. Tampoco se trata de contraponer capillas para ver cuál iglesia le arruina primero el negocio a la otra.

Veo por ejemplo el texto Los faroles que aparece en El hilo blue. Y a primera vista se percibe la insolencia, el derroche y la juguetonería: “Los Faroles es una cantina llamada Los Faroles”, arranca. Se trata de una provocación o, si se prefiere, de una invitación. Juego y libertad. La irreverencia sometida a estilo o viceversa.

Está claro que —como a muchos otros escritores— la formación cultista le demandó a EMS un ensanchamiento formal, mejor dicho, una forma acorde a su campo semántico, una forma en la que todos los saberes cupieran sin estorbarse. Y esa forma fue la prosa. Que no es otra cosa más que una apariencia, un disfraz. Una condición primero sicológica, antes que formal. Es probablemente por eso que me molesta —al grado de la náusea— el nombrecito de prosema. Porque hace mucho rato dije que esta escritura de EMS escapa a la definición genérica. Y vuelvo a repetir, a muchos les cuesta entender esto. Realmente les cuesta. Encontrar los códigos. No saben que a veces no hay códigos. Que a veces un texto no tiene reverso. Que a veces un texto tiene reverso. Que se toma lo que se tiene. Que se tiene lo que se puede.